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Nos enamoramos porque hemos sido hechos para amar. Todos tenemos una lista de verificación almacenada en la mente –en el sistema límbico localizado en el lóbulo frontal del cerebro- que incluye algunos criterios con los cuales la persona debe cumplir: edad, valores, experiencias, formación, creencias, etc. Algunas personas desconocen sus propios criterios pues están en el subconsciente. Para que se dé el enamoramiento lo tiene que querer nuestra voluntad, nadie se enamora a la fuerza. Si no queremos enamorarnos de alguien, no lo miramos, no le dedicamos pensamientos, y eso basta.

Y, ¿por qué nos enamoramos de una persona concreta? Allí hay un misterio que ha tratado se ser explicado desde tiempos antiguos con el mito de Cupido o del elixir de amor. No hay una asignatura que enseñe a amar; a ello se aprende en la familia y en la vida social. ¿Cómo es la familia de la persona que amo? Esa respuesta nos lleva a conocer parte de la intimidad del ser amado. El filósofo francés, Jacques Maritain, decía: “La educación debería de enseñarnos a estar siempre enamorados y de qué nos hemos de enamorar”.

 La cultura popular afirma que el enamoramiento es un estado extático en el que tendemos a ver en ser amado todas las virtudes y perfecciones posibles. La encarnación del ideal. Cuando se ama todo el universo resplandece, vemos una belleza que antes era desconocida: todo se transfigura. El enamoramiento es algo inicial; es el anzuelo que conduce al amor.

Si separamos la palabra enamoramiento, en-amor-a-miento, se puede entender que en esta etapa se miente al ocultar las propias limitaciones y poner nuestra mejor cara. Queremos brindar lo mejor de nosotros mismos y minimizar los defectos propios y del otro. Y esto no es mal intencionado, es lo natural, pero hay que pensar que hay comportamientos que pueden generar problemas, por eso, desde el principio se han de hablar y de negociar.

El enamoramiento se va fraguando a través del trato, de miradas, de la convivencia, de emails y de pequeños obsequios. El enamoramiento ve con una lente de aumento de modo que lo poco parece mucho y lo pequeño, grande. Vemos a la persona, no como es, sino como deseamos que sea. Es decir, se idealiza a una persona. Una persona madura cuenta con que toda persona tiene defectos y comete errores. Un primer error sería enamorarse de una persona ya comprometida, casada. Hay amores que no agradan a Dios, como la homosexualidad, la bisexualidad y el amasiato.

Los seres humanos somos cambiantes y hay que contar con ello, pues difícilmente forjamos una relación sólida, y si se logra, es porque hay ya madurez de ambas partes y virtudes arraigadas.

En la Edad Media se hablaba de un “loco amor”. Estar enamorado es volverse un tonto feliz, es perder por completo el sentido crítico y disfrutar del embeleso que supone observar y escuchar al ser amado. Parecería el estado ideal para cualquiera –y en cierto modo lo es-, sólo que tiene un inconveniente: El enamoramiento termina. La vida se vuelve entonces una dura caída desde la nube en que se andaba para terminar estrellándose en la realidad. Se descubre que esa persona a la que se había idealizado es tan imperfecta como cualquier otra, y no es capaz de hacer tantas cosas como esperábamos. A veces es necia, egoísta, vanidosa, poco educada… Es, en otras palabras, limitada, humana. Pero ¿qué esperabas? ¿Cómo puede uno llegar a creer que otro es tan perfecto? Nadie puede responder, absolutamente, a todas nuestras expectativas, y si lo hace eso se debe a la idealización que hicimos de ella, y dura unos meses solamente.

El error radica en hacer del amado un absoluto; creer que una persona puede dar lo infinito –que es lo que anhelamos-. Queremos el amor, la belleza y la verdad infinitas. No hay personas perfectas: Si se ama a alguien, se le ama con todo y defectos, aunque siempre se le trate de ayudar y de mejorar; se le ama con sus arranques de mal humor, con sus faltas de ortografía o con sus despistes.

La idealización que el enamorado hace de la persona amada es una trampa que él mismo se tiende. Y en esto no hay quien experimente en cabeza ajena. Lo peor es que aún experimentado, no se aprende, y se vuelve a caer en la trampa.

Hay “Don Juanes” que creen que saben amar porque conquistan a muchas mujeres; se entregan con ardor excesivo a la fiebre pasional de los placeres. Toman a la mujer como un altavoz de su propio yo para que alimenten su amor propio, su vanagloria, cuando amar de verdad es salir de sí mismo, es sacrificarse por el ser amado, es servir con alegría.

¡Qué fácil es enamorarse y qué difícil mantenerse enamorado! No se ha de divinizar el amor. El amor es una tarea; al amor hay que cuidarlo con esmero de artesano día a día, hay que encender el amor a base de pequeños detalles de afecto.

El amor falso puede ser devastador ya que la sexualidad es lo que más perjudica a una persona, pero también puede ser hermoso cuando hay orden y armonía entre las personas y con la ley natural que dice: Haz el bien y evita el mal.

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Cuatro Mujeres Doctoras de la Iglesia

Hildegarda de Bingen, Catalina de Siena, Teresa de Jesús y Teresita de Lisieux son las cuatro mujeres doctoras de la Iglesia. Tienen el título de “Doctoras de la Iglesia” porque produjeron obras trascendentales, enriquecieron la doctrina y afirmaron la fe. Las cuatro poseyeron una ciencia extraordinaria y por ello obtuvieron la aprobación solemne de la Iglesia.

La más recientemente nombrada por el Papa Benedicto XVI, es la más antigua en el calendario. A continuación aparecen las cuatro biografías de las doctoras de la Iglesia:

Santa Hildegard von Bingen (Alemania, 1098-1179). Fue la menor de diez hijos, y por eso considerada como el diezmo para Dios. Fue entregada a la condesa Judith de Spanheim (Jutta), quien la instruyó en la lectura del latín, en el canto gregoriano y en la cultura religiosa. A los 14 años, maestra y discípula se enclaustraron en un monasterio benedictino de Disibodenberg, donde les dieron asilo. Este monasterio era masculino, pero acogió a un pequeño grupo de enclaustradas. Luego partió definitivamente de allí a un lugar donde no había agua ni nada placentero y fundó un monasterio en la colina de San Ruperto, cerca de Bingen. Fue abadesa, líder monacal, medica, profetisa, compositora y escritora.

Le escribió una carta a Bernardo de Claraval donde le revela que ha tenido visiones de cosas profundísimas. Él le responde a aceptar “este don como una gracia y a responder a él ansiosamente con devoción y humildad”. Posteriormente el abad de Claraval intervino ante el Papa Eugenio en favor de Hildegarda. El Papa mandó informarse de esas visiones y luego declaró que eran fruto del Espíritu Santo, y le pidió que continuara escribiendo sus visiones. Hildegarda tuvo relación epistolar con Federico I Barbarroja y otras personalidades. Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania le pedían consejo. Llegó a ser conocida como la Sibila del Rin.

Es una de las personas más fascinantes, polifacéticas e influyentes de la Baja Edad Media; tenía una cultura fuera de lo común, fue una escritora prolífica; escribió sobre la redención, la conversión y la reforma del clero. Escribió Libro de las obras divinas y Conoce los caminos. Escribió un libro de ciencias naturales y otro de medicina. Murió a los 81 años. Benedicto XVI le otorgó el título de Doctora el 7 de octubre de 2012 junto a San Juan de Ávila. (Hay un film completo Santa Hildegarda de Bingen en internet).

Santa Catalina de Siena (Italia, 1347-1380). Vivió 33 años; fue la vigésimo cuarta hija del segundo matrimonio del viudo Santiago Benincasa; no sabía leer ni escribir y desde pequeña se decidió por servir a Dios en medio del mundo. Logró dictar un libro titulado Diálogos sobre la Divina Providencia con la ayuda de sus amigos, que tomaban nota de sus diálogos con Dios. Desempeñó un papel insólito en la historia de su tiempo. Al Papa ella le ponía el título de “el dulce Cristo en la tierra”. Tuvo un papel muy activo para lograr que el Papa regresara de Aviñón a Roma. Paulo VI le dio el título de doctora de la Iglesia el 4 de octubre de 1970. Junto con Francisco de Asís es patrona de Italia.

Santa Teresa de Ávila (España, 1515-1582) vivió 67 años. Fue la primera mujer doctora de la Iglesia. Fue fundadora de las carmelitas descalzas o de la descalcez. Escribió su Biografía, Camino de la Perfección, Pensamientos sobre el amor de Dios y el Castillo interior. A los dieciocho años entra en el Carmelo. A los cuarenta años tiene una nueva conversión. Establece quince conventos en España y hace la reforma de su Orden junto con San Juan de la Cruz. Paulo VI la hizo Doctora en 1970.

Santa Teresa de Lisieux (Francia, 1873-1897) Nació en Alenzón, Normandía. Cuando tenía sólo 4 años su madre muere de un cáncer de mama. Tenía un gran gusto por la lectura y piensa que ella ha nacido para una gloria oculta. Entró en el colegio de las Benedictinas y es perseguida por sus compañeras de más edad que tienen celos porque sabe más que ellas. Ella llora pero no se atreve aquejarse. No le gusta el recreo, tan ajetreado y ruidoso. Su maestra la describe como una estudiante obediente, tranquila y pacífica, y a veces pensativa o incluso triste. Teresa dijo que estos cinco años fueron los más tristes de su vida. Fue carmelita descalza francesa desde los 15 años, por un permiso especial. El hogar de sus padres fue un jardín de virtudes y santidad. Su obra se recoge en varios cuadernos de los que sale la obra Historia de un alma. Se distingue por su doctrina sobre la infancia espiritual o Caminito de infancia. Vivió sólo 24 años.

Pío XI la canonizó y la proclamó patrona universal de las misiones. Fue proclamada Doctora de la Iglesia por Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997, día de las misiones.

Las cuatro Doctoras son místicas, es decir, almas contemplativas.

 “Queridos jóvenes, no venimos a este mundo a vegetar, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella”. Estas palabras del Papa Francisco en la vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia motivan para hacer proyectos solidarios en zonas necesitadas. El problema puede ser, más que la falta de tiempo, la flojedad, la desgana.

La pereza es la negligencia, el tedio o el hastío para realizar actividades sean físicas o intelectuales. Es un vicio capital ya que genera otros males. Los seres humanos tienden a no malgastar energía si no hay un beneficio a corto plazo. A los que evitan realizar una actividad que no trae un beneficio instantáneo se les llama vagos o perezosos. A veces se debe a que están mal alimentados o padecen alguna enfermedad, pero otras veces se debe a que no tiene la voluntad fuerte, la debida preparación, les falta un motivo para hacerlo o no le han encontrado sentido a la vida.

La flojedad es la falta de fuerza física o moral. El perezoso piensa: “no hagas parado lo que puedes hacer sentado. No hagas sentado lo que puedes hacer acostado. No hagas mañana lo que puedes hacer pasado mañana”, y así, no progresa o avanza muy poco.

Un joven que está en la cárcel reflexionó: “Estoy aquí porque mi regla de vida era hacer lo que me gustaba no lo que me convenía”. El ser humano está hecho para amar, trabajar y servir, y eso lo hace sentirse pleno.

La tristeza es mala compañera, y puede presentarse con varias facetas: celos, envidia, acidia, pereza, melancolía, depresión. Si alguien tiene este tipo de tristeza debe ponerse a trabajar como si no pasara nada.

Lo más valioso que tenemos es el tiempo, si ya lo damos en el trabajo o en la familia, démoslo con alegría, sino de nada sirve. No podemos atenernos a lo que “nos toca”, pues muchas veces con esa careta justificamos que nos falten virtudes, es decir, buenos hábitos.

Hay jóvenes que empiezan los estudios de Secundaria o Preparatoria y luego los abandonan porque otros los abandonaron, o porque estudiar supone esfuerzo, tesón, constancia en la asistencia a clases, y no llegan a saborear las delicias de aprender cosas nuevas, útiles para un futuro próximo o para la propia capacitación. Las minorías escandalosas dicen ¿para qué estudiar? ¿Para qué esforzarse? …Esperan un cambio que va a venir, no se sabe de dónde. Tal vez han perdido la esperanza, que lleva a la acción. La esperanza no es pensar que algo va a salir bien, sino la certeza de que ese algo tiene sentido.

La pereza intelectual es sencillamente no querer pensar, no poner esfuerzo para cultivarse y para aprender nuevas cosas. No se trata de memorizar teorías sino de plantearse si aquello que leo u oigo es verdadero o no lo es. Se trata de cuestionarse si lo que dice el periódico o el libro es la verdad o es una manipulación. Hay que atreverse a pensar y a seguir pensando. Hay que ir a las causas, no a los efectos. Pensar en lo que hacemos: ¿es bueno o malo?, ¿es dañino o benéfico?, ¿por qué lo hago?

En la película El Gladiador se oye este diálogo.

—¿Por qué no me nombras tu sucesor? -, le dice el hijo al emperador .

—Porque para gobernar hacen falta cuatro virtudes: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, y tú no las tienes.

Esas cuatro virtudes se llaman “cardinales” porque son el quicio donde se apoyan todas las demás virtudes morales. Santo Tomás de Aquino dice que la fortaleza consiste en “acometer el bien sin detenerse ante las dificultades”, y en “resistir los males y las dificultades evitando que éstas nos lleven a la tristeza”. La esencia de la fortaleza no es vencer dificultades sino obrar el bien, cueste lo que cueste, y esto es lo que le falta al perezoso porque muchas veces no tiene ideales.

Decía Séneca que “no nos falta valor para emprender ciertas cosas porque son difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas”. El hombre es un conjunto de miedos y resistencias que deben ser vencidas por la virtud de la fortaleza.

Ahora se ve que la juventud tiene un panorama de una sexualidad sin límites y eso adormece y narcotiza el alma, además disminuye el espíritu crítico sano.

Un día María Natalia Magdolna –de Eslovaquia (1901-1992)-, de las Hermanas de Santa María Magdalena, le preguntó a la Virgen María:

¿Qué pecados te duelen más a ti y a Jesús?

Los dos pecados más grandes son la blasfemia y la pereza para hacer el bien. El tedio, la pereza está ampliamente extendida en el mundo. Esto implica la negligencia, la indiferencia ante los deberes. La pereza es el principio de muchos pecados, tanto del cuerpo como de alma; es una enfermedad que sólo el amor de mi divino Hijo puede curar. Una vez que el amor de Jesús se ha encendido, jamás podrá extinguirse…

En el corazón de muchas madres arde el dolor por el estado espiritual de sus hijos, por su conducta inmoral, por su acedia o acidia. La pereza se llama acedia cuando se refiere a las cosas de Dios y a los bienes espirituales.

Iniquidad en el diccionario hebreo, significa tener malos hábitos, hábitos sucios, mala conducta; además, lo que atrae la maldición. Lo sucio ensucia. La maldad es algo externo. Lo inicuo es más profundo que la maldad, daña profundamente. Lo inicuo se aprende, se adquiere, no se hereda. La influencia de la familia es indiscutible pero hay que contar con la libertad de sus miembros, que a veces se usa mal. La semilla buena cae en tierra buena y da fruto.

Estamos rodeados por el mal, si dejamos de estar bajo la cobertura de Dios, el mal nos ataca, nos invade. El mal está actuando. El mal está en el mundo por la mala decisión del hombre, y le seguimos dando cabida. El demonio aparece en el Génesis como una serpiente, y en el Apocalipsis como un dragón con coronas, ¿quién le dio esas coronas? El ser humano le dio poder, que eso significan las coronas. Cada vez que nos apartamos de Dios le damos poder, le ponemos coronas. El mal no viene de Dios, viene del demonio y de nuestras pasiones desordenadas.

Ante nuestra debilidad para hacer el bien está el remedio de la repetición de actos buenos para adquirir buenos hábitos o virtudes, y también está el Sacramento de la Reconciliación o Confesión. El Salmo 32, 3-5 (o 31) dice así: Tu perdón borra nuestros pecados y rebeldías, Mientras no te confesé mi pecado las fuerzas se me fueron acabando. Tu perdón me llega como una bendición.

Ahora, una frase de Thomas Chalmers: “La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”. ¡Tener un ideal!

 

Tener presencia de Dios es vivir en conversación con el Señor, tener familiaridad con Él. A Dios le gusta que vivamos en su presencia, tanto es así que la Biblia enseña que personajes como Abraham, Moisés, Samuel y David fueron agradables a Dios, y de cada uno se dice: “Caminó en la presencia de Dios”.

Mucha gente no reza porque no tiene tiempo. Para que el tiempo se multiplique hemos de tener más presencia de Dios. La persona que ama encuentra siempre tiempo para quien ama.

Si una gente vive en presencia de Dios capta las necesidades de los que le rodean. Ve si una persona necesita contar cómo le fue, si debe hablar o escuchar; la persona que tiene presencia de Dios sabe auto frenarse para no herir; sabe tener paciencia con aquella persona que no es prudente. Ahora bien, si no hay amor el problema será que no veremos más que defectos.

La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta, decía Santa Teresa de Jesús.

San Pablo escribía: “sopórtense unos a otros”. Si hay espíritu crítico en nosotros, hemos de pensar: “No me toca juzgar, sólo Dios juzga”, y ese suspender el juicio va a ser agradabilísimo a Dios.

Cuando San Juan de la Cruz quería saber qué tan auténtica era la vida espiritual de una persona, le hacía una pequeña humillación, si brincaba, veía que le faltaba mucho. San Josemaría decía: “No eres humilde cuando te humillas, sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo” (Camino, 594), en armonía con San Juan de la Cruz.

Hay que pedirle al Señor la gracia de una percepción más fina de todas sus delicadezas y de su inmenso amor para con nosotros. Delicadeza extrema en las bromas. No podemos dar descolones, hacer desaires, ni tener faltas de paciencia con todos. La venerable Guadalupe Ortiz de Landazuri decía: Hay que pedirle a Dios lentes de mirar de cerca para descubrir las virtudes de las personas que nos rodean, y lentes de mirar de lejos para tener una perspectiva amplia de la labor que hacemos.

Las oraciones y sufrimientos producirán sus frutos en la medida de la intensidad de nuestra unión con Dios. Dios es el que ora, sufre y ama en nosotros. El Amor infinito nos ha amado hasta realizar verdaderas locuras: la locura del pesebre, la locura de la hostia, la locura de la cruz. ¿Cómo corresponderle? Invocándolo como al mejor amigo, al amigo íntimo, con quien siempre se cuenta; olvidando las ofensas como si nunca hubieran existido.

San Juan Pablo II dijo que la Iglesia del futuro era una Iglesia de contemplativos: profesionistas, sacerdotes, amas de casa, obreros, cocineros, humanistas, religiosos, etc.

Uno de tantos modos de tener presencia de Dios es lo que el Señor le dijo a Santa Faustina: “A las 3 en punto, implora mi misericordia, especialmente por los pecadores y, aunque sólo sea por un breve momento, sumérgete en mi Pasión, especialmente en mi abandono en el momento de mi agonía. Esta es la hora de la gran misericordia. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por mí en virtud de mi Pasión” (Diario 1320).

Muchas veces Él nos dice: “Piensa en mí, piensa en mí”, y es que amar a Dios es pensar en Él, es escucharlo. Amar es ante todo vivir para el ser amado; y él nos ayudará a descubrir todo lo que queda en nosotros de apego y de búsqueda del propio yo. La capacidad de encontrarlo está en nuestra fe.

La presencia de Dios es compartir todo con Dios, pedirle ayuda y consejo y considerar los asuntos en su presencia. La presencia de Dios nos ayuda a alejar las preocupaciones inútiles o inoportunas. Dios nos podría decir: “¡No pierdas el tiempo olvidándome! Pensar en mí es multiplicar por diez tu fecundidad”.

El Señor le dijo a una santa: “Por ningún motivo prestes atención a la difamación y a las calumnias, porque es parte del plan de mi adversario para que no escuches mi voz. Lo mismo hicieron con Jeremías, Daniel y Elías”.

Benedicto XVI escribe: “La familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación del hombre” (Enc. Deus caritas est, n. 37).

 

 

Si el sexo se presenta todo el día en la televisión, ¿cómo esperan que la gente no quiera probarlo?

En el cine todo el mundo lo hace, casi siempre en la primera cita. Cuando ves esto hasta la saciedad, empiezas a pensar que las cosas son así y que está bien. Olvidamos que las películas mienten sobre cómo es la realidad. Allí las parejas no sienten culpa arrepentimiento, ni contraer enfermedades de transmisión sexual. ¿Alguna vez has visto una película en la que muestre la traición que siente una mujer al saber que está embarazada y que su novio no quiere volver a verla? No lo muestran porque no es divertido.

El sexo ha empezado a considerarse como un hobby, algo que puedes hacer cuando te aburres, cuando te apetece…, sin relación con el amor o el matrimonio. Eso empobrece mucho a la persona. Se convierte en algo individual, que se hace para recibir una satisfacción física. Así, la masturbación y diversas prácticas sexuales buscan sacar una satisfacción extra. Es como en los deportes extremos: no basta con una vida normal, se busca algo de más impacto y peligro, porque la vida les parece aburrida.

El problema es el aburrimiento, lo que lleva a buscar más violencia, más sexo, más emoción. En el fondo es el egoísmo el que prevalece: sólo cuento yo. No hay un deseo de amar y darse a la persona amada. Se pierden todas las cosas que dan sentido al sexo. Y si se quedan con la parte física, se pierden el 99% de la relación.

Si el joven se entregas a cualquiera, habrá quizás pasión, pero el sexo dejará de ser “algo especial”. El sexo no tiene significado fuera de contexto. Antes se era muy estricto en ese punto, ahora los jóvenes lo trivializan. El romanticismo se ha perdido, aunque en el fondo, todavía hay gente que busca mayor profundidad en el amor.

Quien ama a los seres humanos potencia su personalidad, promueve que todos puedan ser personas de carácter. Dos rasgos que condicionan la posibilidad de tener un carácter sólido son la humildad y la castidad. Si se olvidan estas cualidades, la persona será mediocre, insignificante. Y esto es así porque la humildad y la castidad son las bases –espiritual la una y corporal la otra- del carácter.

A veces nos asombra el crecimiento de corrupción a nivel de gobernantes y a nivel del pueblo. Y es que existe una estrecha relación entre la vida casta y la honestidad. Como abunda la pornografía y el libertinaje, eso se refleja enseguida en la falta de ética en los demás campos. La castidad es una virtud que nos afecta a todos. El cuerpo es algo bueno y ha de emplearse según la recta razón, esto es, ha de quedar bajo el dominio de la inteligencia. No tengo el cuerpo en uso, yo mismo soy mi cuerpo.

El cuerpo no es responsable del pecado, si así fuera, ¿por qué un cadáver no peca? Porque el cuerpo no peca en sí mismo: es la voluntad quien peca por medio del cuerpo. Para alcanzar la plenitud humana se requiere de la castidad, y esto requiere esfuerzo y entrenamiento, y, sobre todo, convicciones. Cuando falta la limpieza de vida, la capacidad de amar discurre por los cauces del egoísmo, del olvido o desprecio de los demás.

La castidad es algo interior: es pureza de corazón. Todos tenemos el deber de cultivar la limpieza de corazón, tanto los solteros como los casados pueden vivir con delicadeza esta virtud. El amor verdadero conlleva siempre sacrificio, en el matrimonio o fuera de él. El que ama no busca el goce, sino busca la felicidad del ser amado, aunque le suponga sacrificio. Y entonces él mismo es feliz.

Pregúntate, ¿qué lees, qué ves, qué amistades tienes? ¿Cómo te diviertes? Cada uno es responsable de cómo alimenta su inteligencia.

Se ha difundido la convicción —totalmente embustera— de que la pureza es enemiga del amor. La pureza es la condición indispensable para poder amar, para amar de verdad, para amar fielmente. Si uno no es dueño de sí mismo, ¿cómo puede entregarse a otro?

La limpieza de alma y cuerpo es algo grandioso. Cuando la pureza de vida cuesta –porque la carne se rebela o la imaginación se desboca- habría que revisar –cada uno- si las películas y programas de TV que se ve son adecuadas. Cuando viene una tentación hay que ser sinceros y llamar bien al bien y mal a lo que está mal, sería poco honrado pactar con las pasiones. En cuestiones de pureza no hay detalles de poca importancia.

Hay psicólogos que dicen a los jóvenes que la masturbación es natural, normal, cuando la verdad es que la masturbación, afecta psicológicamente e inclina a la homosexualidad; además de ser un pecado, lleva al egoísmo y a que el varón no haga feliz a su mujer en el matrimonio porque adquiere un ritmo rápido que le lleva a pensar sólo en sí y no en dar gusto a la mujer amada. A la larga, y a la corta, deteriora la psicología del individuo.

Para vencer en esta lucha tenemos los medios al alcance: la guarda de los sentidos, sobre todo de la vista; una vida sobria y ordenada; la huida de las ocasiones, la sinceridad, la penitencia y el estar convencidos de que la castidad lleva a amar más y mejor. San Agustín aconsejaba: “Sean fieles en el estado de vida que tengan, para recibir a su tiempo la recompensa que Dios tiene reservada a cada uno (…) Una será la luz de la virginidad, otra la de la castidad conyugal, otra la de la santa viudez. Lucirán de distintos modos, pero todas estarán allí. No será idéntico el resplandor, pero será común la gloria eterna” (Sermo 132).

La sexualidad humana es un don, un regalo de Dios increíble, precioso, de gran valor. Como todo regalo, quien nos lo ha dado tiene previsto que se use en unas determinadas circunstancias: las del matrimonio estable. Entonces se convierte en un instrumento maravilloso para transmitir la vida. Fuera de él, en cambio, puede dañar a quienes lo utilizan. Además, la virtud que más brilla en el paraíso es la pureza, dice San Juan Bosco.

Si queremos tener experiencias, debemos leer y aprender de las historias de amor de la literatura.

—Si me quieres, dame una “prueba de amor” -, dice el novio.

A lo que contesta la mujer:

—No soy coche para que me pruebes; soy persona, única e irrepetible. Ceder una o dos veces equivale a rodar cuesta abajo… Hasta aquí dejamos nuestra relación. No quiero que el hombre de mi vida llegue a decirme: “¿cuántas veces has sido probada y rechazada?”.

Hay mujeres que ceden a las presiones del novio, para tener relaciones sexuales, porque no quieren perderlo y porque tienen curiosidad. No se dan cuenta del peligro que lleva esa decisión: no ven que empezar a ceder es empezar a corromperse y a corromper al otro. El sexo no es un juego. La sexualidad es tan maravillosa que se ha de cuidar para alguien que valga la pena y dentro del matrimonio. Amar es querer el bien; no es fácil perseguir el bien del otro porque hay una tendencia fuerte al egoísmo. Aquel bien que le ofrecemos a la persona amada ha de ser un bien real ha de ser algo que la mejore, y no que me beneficie sólo a mí.

Cuando Bernardo de Claraval era muy joven, en cierta ocasión, cabalgando lejos de su casa con varios amigos, les sorprendió la noche, de forma que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa desconocida. La dueña les recibió bien, e insistió que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche la mujer se presentó en la habitación con intenciones de persuadirlo suavemente al mal. Bernardo, en cuanto se dio cuenta, fingió que se trataba de un intento de robo y empezó a gritar: “¡Ladrones, ladrones!”. La intrusa se alejó rápidamente. Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón; pero bernardo contestó: —“No fue ningún sueño; el ladrón entró, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor”.

Amar a alguien es desear que esa persona se desarrolle, sea mejor y alcance la plenitud a la que está llamada.

Cuentan que un profesor fue a visitar París, un fin de semana, acompañado por dos alumnos. De pronto, vieron a una prostituta parada en una esquina. Vieron que su profesor se dirigió hacia ella y le preguntó:

—¿Cuánto cobra?

—Cincuenta dólares.

—No, es demasiado poco.

—¡Ah!, sí, para los americanos son150 dólares.

—Es aún muy poco.

—¡Ah, claro!, la tarifa de fin de semana es de 500 dólares.

—Incluso eso es demasiado barato.

Para entonces la mujer ya estaba algo irritada, y dijo:

—Entonces, ¿cuánto valgo para usted?

—Señora, nunca podré pagar lo que vale usted, pero déjeme hablarle de alguien que ya lo ha hecho.

Y le habló de Cristo, de su Pasión y Muerte por nosotros.

La Biblia habla del valor del cuerpo, y dice algo que muchos jóvenes de hoy ignoran: “Fuisteis comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo (1 Cor 6,20). El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor (1 Cor. 6,13). ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Cor 6,15)”.

Un joven norteamericano, Tim Stafford, escribe:

– “¿Por qué esperar a tener relaciones íntimas hasta que la unión sea durable? ¿Por qué es el sexo tan atractivo? ¿Por qué pensamos de él tanto? ¿Por qué es el sexo tan difícil de evitar?”

Imagine una casa en construcción. Mientras que las paredes son como esqueletos, la brisa pasa a través de ellas, un electricista llega para instalar una complicada red alambres. Más adelante, cuando las paredes ya están sólidas, con yeso y pintura, estos alambres quedan ocultos.

Un día, cuando la casa está lista para ser habitada, la compañía eléctrica engancha los alambres a una fuente de energía. Usted no puede ver ningún cambio. Los alambres permanecen ocultos. Pero repentinamente, usted puede hacer cosas que antes no podría hacer. Usted puede enchufar su estereofónico y mirar su programa favorito en TV. Usted puede también electrocutarse. La sexualidad es como eso. Su potencial biológico fue atado con alambre antes de su nacimiento. Usted cuenta con los órganos apropiados. Usted es varón o mujer. En la pubertad, su cableado consigue engancharse con la energía. La sexualidad se convierte  repentinamente en un potencial activo. Los varones y las mujeres están listos para funcionar biológicamente, pero no emocionalmente. Los adolescentes comienzan a sentir la maravilla del sexo opuesto: la atracción. Usted desea psicológicamente tocar, explorar una personalidad distinta a la propia, para amar y para ser amado, exponer sus pensamientos y sus miedos: compartir la intimidad. Hay también miedo: ¿Amaré siempre? ¿Seré siempre amado? ¿Encontraré a la persona de mis sueños? Dios nos hizo para el amor.

Dios no está en contra sexo. El lo considera algo bueno. Después de todo, fue idea suya. Cuando Dios da indicaciones para el sexo, él lo hace para protegernos de daños, además, prevé nuestras necesidades. El sexo es maravilloso dentro de la unión matrimonial. Fuera de la unión conyugal, es una ofensa al Creador. Era de esa manera desde el principio: unidad total, amor total, satisfacción sexual total dentro de la unión matrimonial monógama. Un montón de problemas maritales desfilan en las páginas de la Escritura.

Jesús, particularmente, dio su punto de vista; aunque él nunca se casó, él habló con autoridad absoluta contra abusos como la fornicación (sexo entre la gente soltera), adulterio y divorcio. Pablo tiene palabras similares en la Primera Carta a los Corintios (1 Corintios 6:13, 15, 18-20).

Se ha difundido la convicción —totalmente embustera— de que la pureza es enemiga del amor. La pureza es la condición indispensable para poder amar, para amar de verdad, para amar fielmente. Si uno no es dueño de sí mismo, ¿cómo puede entregarse a otro?

Y si dos personas se aman ¿deben esperar?… Si él y ella están profundamente enamorados, ¿no es suficiente eso para enlazarlos para siempre? No. Enamorarse es la cosa más fácil del mundo. Permanecer enamorados, la más difícil. Hay que proteger y cultivar, por tanto, el amor. El matrimonio supone amor pero es mucho más que el amor. Es mucho más que un contrato (que se hace para cosas materiales), es una alianza (se hace entre personas). Es una promesa de fidelidad, porque el matrimonio pide exclusividad y duración.